¿Si mi perro deja de hacerlo, significa que el problema está resuelto? La ciencia de la modificación de conducta

Un perro deja de ladrar, deja de tirar de la correa o deja de reaccionar ante otros perros. ¿Podemos concluir que el problema de conducta está resuelto? No necesariamente. En modificación de conducta canina, reducir una conducta observable es un dato importante, pero no siempre significa que hayamos modificado aquello que la provocaba, la mantenía o hacía que resultara funcional para el perro.

Cuando hablamos de educación canina y modificación de conducta, es habitual plantear los objetivos a partir de aquello que podemos observar.

Un perro ladra y queremos que deje de ladrar.

Un perro tira de la correa y queremos que deje de tirar.

Un perro gruñe cuando una persona se acerca y queremos que deje de gruñir.

Un perro reacciona ante otros perros y queremos que deje de reaccionar.

Un perro intenta escapar ante determinados estímulos y queremos que deje de hacerlo.

Es comprensible.

Las conductas que generan dificultades de convivencia, riesgos de seguridad o limitaciones en la vida cotidiana necesitan ser abordadas.

Pero existe una diferencia fundamental entre:

conseguir que una conducta deje de aparecer y modificar las condiciones que hacen que esa conducta sea probable, necesaria o funcional para el perro.

Esta diferencia es una de las claves para comprender qué significa realmente modificar la conducta de un perro.

Porque cuando una conducta desaparece, nuestra primera pregunta no debería ser únicamente:

«¿Ha dejado de hacerlo?»

También deberíamos preguntar:

«¿Qué ha cambiado?»

«¿Qué está haciendo ahora?»

«¿Cómo se encuentra mientras afronta la situación?»

«¿Qué ha aprendido?»

Y, sobre todo:

«¿La conducta ha dejado de ser necesaria porque el problema se ha modificado, o simplemente hemos conseguido que deje de manifestarla?»


La conducta observable es solo una parte del problema

Cuando observamos a un perro, vemos conducta.

Podemos ver que:

  • ladra;
  • gruñe;
  • tira de la correa;
  • salta;
  • huye;
  • se esconde;
  • se queda inmóvil;
  • fija la mirada;
  • intenta controlar el movimiento de otro perro;
  • marca;
  • destruye objetos;
  • o intenta morder.

Todo esto constituye información imprescindible.

Pero la conducta observable no nos explica por sí sola qué está ocurriendo.

Dos perros pueden presentar exactamente la misma conducta observable y, sin embargo, encontrarse ante situaciones funcionalmente diferentes.

Imaginemos dos perros que ladran cuando ven a otro perro.

El primero puede ladrar porque necesita aumentar la distancia respecto al estímulo.

El segundo puede ladrar porque quiere acercarse y experimenta frustración cuando la correa se lo impide.

Un tercero puede encontrarse en un nivel de activación muy elevado y responder de forma impulsiva.

Otro puede haber aprendido, a través de su historia de aprendizaje, que ladrar modifica el comportamiento del entorno.

Externamente observamos:

perro → ladrido

Pero todavía no sabemos suficiente.

Por eso, decir:

«Este perro tiene un problema de ladridos»

describe una topografía de conducta, pero todavía no constituye un diagnóstico funcional.

Y esta diferencia es especialmente importante cuando hablamos de problemas de conducta en perros.


Topografía y función: dos conceptos que no deberíamos confundir

En análisis de conducta se diferencia entre la topografía de una respuesta y su función.

La topografía describe cómo se presenta la conducta.

Por ejemplo:

ladrar, gruñir, tirar, huir o morder.

La función hace referencia a la relación que mantiene esa conducta con las condiciones antecedentes y sus consecuencias.

Una misma topografía puede cumplir funciones diferentes.

Y diferentes conductas pueden cumplir una función semejante.

Por ejemplo, ante una persona que se aproxima, un perro puede:

gruñir → ladrar → enseñar los dientes → retroceder → intentar escapar.

Son respuestas diferentes, pero pueden estar relacionadas con una misma necesidad funcional: aumentar la distancia respecto al estímulo.

Otro perro podría saltar, llorar, tirar de la correa y ladrar ante una persona porque quiere aproximarse y no puede hacerlo.

La forma observable se parece.

La función puede ser completamente diferente.

Por eso, una evaluación profesional de la conducta no debería quedarse únicamente en describir qué hace el perro.

Necesitamos estudiar cuándo aparece, ante qué condiciones, qué ocurre inmediatamente antes, qué ocurre después, qué consecuencias puede estar produciendo y qué variables modifican su probabilidad de aparición.

La evaluación funcional de la conducta lleva décadas utilizando precisamente este enfoque para identificar las variables relacionadas con las respuestas problemáticas. La literatura sobre análisis funcional muestra que este procedimiento puede utilizarse también en animales no humanos y, específicamente, en perros.


Antecedentes, conducta y consecuencias

Una forma sencilla de comenzar a analizar una conducta es estudiar la relación:

Antecedente → conducta → consecuencia

Pero esta fórmula no debería interpretarse como una explicación automática de cualquier comportamiento.

El antecedente es aquello que ocurre antes y establece determinadas condiciones para que aparezca una respuesta.

La conducta es la respuesta observable.

La consecuencia es aquello que ocurre después y que puede modificar la probabilidad de que esa conducta vuelva a aparecer en circunstancias similares.

Por ejemplo:

Otro perro se aproxima → el perro ladra y aumenta la distancia → el otro perro se aleja.

Si esta secuencia se repite, el ladrido puede adquirir valor funcional para ese individuo.

No porque el perro esté intentando «dominar» al otro perro.

No porque quiera «portarse mal».

Sino porque, desde su historia de aprendizaje, esa respuesta puede haber resultado eficaz para modificar la situación.

Por eso, comprender la función de una conducta cambia completamente la intervención.


¿Qué ocurre cuando conseguimos que deje de ladrar?

Supongamos ahora que trabajamos con ese perro y conseguimos que deje de ladrar.

A primera vista, parece un éxito.

Y puede serlo.

Pero necesitamos observar qué ha ocurrido con el resto del comportamiento.

¿Ahora el perro:

  • detecta al otro perro y puede continuar caminando?
  • puede mirar y después desconectar?
  • puede buscar información en su guía?
  • puede aumentar la distancia sin entrar en conflicto?
  • puede utilizar una conducta alternativa?
  • puede permanecer funcional?
  • necesita menos distancia?
  • presenta menos tensión corporal?
  • se recupera más rápidamente?
  • puede volver a explorar su entorno después del encuentro?

¿O simplemente ha desaparecido el ladrido mientras siguen presentes otros indicadores de malestar o activación?

Esta diferencia es fundamental.

La reducción de una conducta es un resultado observable. No es, por sí sola, una explicación de lo que ha sucedido.


La desaparición de una conducta no nos dice automáticamente qué ha aprendido el perro

Imaginemos dos perros que pasan delante del mismo estímulo y ninguno de los dos ladra.

Desde fuera podríamos decir:

«Ninguno ha reaccionado.»

Pero esa conclusión puede ser demasiado simplista.

Perro A

Detecta el estímulo.

Lo procesa.

Mantiene suficiente capacidad funcional.

Utiliza una estrategia previamente aprendida.

Puede aumentar la distancia.

Busca información en su guía.

Continúa con la actividad.

Se recupera rápidamente.

Perro B

Detecta el estímulo.

Aumenta la rigidez corporal.

Mantiene la mirada fija.

Reduce la exploración del entorno.

No encuentra una estrategia alternativa.

Intenta alejarse cuando tiene oportunidad.

Presenta indicadores de tensión.

Necesita mucho tiempo para recuperar un comportamiento normal.

Los dos perros no han ladrado.

Pero eso no significa que hayan aprendido lo mismo.

Tampoco significa que se encuentren igual.

Por eso, en modificación de conducta canina, observar únicamente la presencia o ausencia de la conducta objetivo puede proporcionarnos una información insuficiente.


Supresión de una respuesta y modificación de conducta no son sinónimos

Aquí aparece una distinción especialmente importante.

Podemos conseguir que una respuesta disminuya mediante diferentes procesos.

Una conducta puede disminuir porque:

  • el perro ha aprendido una respuesta alternativa;
  • han cambiado los antecedentes;
  • ya no obtiene la misma consecuencia;
  • ha aumentado su capacidad para gestionar la situación;
  • ha cambiado su estado emocional frente al estímulo;
  • se ha modificado la motivación;
  • la situación se presenta a una intensidad diferente;
  • o la respuesta está siendo inhibida bajo determinadas condiciones.

Todas estas posibilidades pueden producir una reducción observable.

Pero no significan exactamente lo mismo.

Por eso, cuando hablamos de modificación de conducta, necesitamos estudiar el cambio de forma multidimensional.


¿Qué queremos modificar realmente?

Antes de establecer un objetivo deberíamos concretar qué significa «mejorar».

¿Queremos reducir la frecuencia?

¿Reducir la intensidad?

¿Reducir la duración?

¿Aumentar la distancia que el perro puede gestionar?

¿Modificar la respuesta emocional?

¿Aumentar la capacidad de recuperación?

¿Construir una conducta alternativa?

¿Aumentar la flexibilidad conductual?

¿Mejorar la capacidad de tomar decisiones?

¿Conseguir que una determinada situación deje de resultar problemática para el perro?

Son objetivos diferentes.

Y un buen plan de modificación de conducta debería permitirnos medirlos.


Un ejemplo: un perro reactivo ante otros perros

Imaginemos un perro que, cuando aparece otro perro:

  1. fija la mirada;
  2. aumenta la tensión corporal;
  3. deja de explorar;
  4. orienta el cuerpo hacia el estímulo;
  5. aumenta la activación;
  6. tira de la correa;
  7. ladra;
  8. y necesita varios minutos para recuperar un comportamiento funcional.

Si nuestro único objetivo es:

«Que deje de ladrar»

podemos estar midiendo solamente el último elemento de una secuencia mucho más extensa.

En cambio, si registramos diferentes variables podremos observar una evolución mucho más completa.

Por ejemplo:

Variable Inicio Evolución
Distancia necesaria 30 m 15 m
Fijación visual Alta Moderada
Tensión corporal Alta Baja
Ladrido Frecuente Ocasional
Conducta alternativa No disponible Sí
Conexión con el guía Muy baja Alta
Recuperación 5 min 45 s

En este caso, el progreso no consiste únicamente en que el perro ladre menos.

Ha cambiado la capacidad global del perro para gestionar la situación.

Y eso es mucho más informativo.


La recuperación es una variable fundamental

Uno de los aspectos que más fácilmente se pierde cuando evaluamos una conducta es lo que ocurre después.

Imaginemos dos perros que atraviesan una situación difícil.

Ambos reaccionan durante diez segundos.

Pero uno vuelve inmediatamente a olfatear, explorar y caminar.

El otro permanece hipervigilante durante varios minutos, continúa buscando el estímulo y presenta dificultades para volver a una actividad normal.

Si solo contabilizamos:

«ha reaccionado durante diez segundos»

los dos parecen iguales.

Pero desde el punto de vista funcional y emocional pueden existir diferencias importantes.

Por eso, en nuestros procesos de evaluación de conducta consideramos especialmente relevante observar la recuperación.

No solamente qué ocurre durante el estímulo.

También:

¿Cuánto tarda el perro en volver a estar disponible para su entorno?


Una conducta alternativa debe tener sentido para el perro

Uno de los conceptos fundamentales en modificación de conducta es la construcción de conductas alternativas.

Pero una conducta alternativa no debería ser simplemente una orden que utilizamos para impedir que aparezca otra respuesta.

Tiene que tener sentido dentro de la situación.

Si un perro necesita aumentar la distancia, podemos construir estrategias relacionadas con el alejamiento.

Si necesita orientación, podemos trabajar conductas que favorezcan la conexión con su guía.

Si necesita más tiempo para procesar un estímulo, podemos trabajar la capacidad de observar sin responder inmediatamente.

Si existe frustración, podemos trabajar estrategias relacionadas con la tolerancia y la gestión de la situación.

La pregunta no debería ser:

«¿Qué orden puedo darle para que deje de hacerlo?»

La pregunta debería ser:

«¿Qué puede hacer este perro en lugar de aquello que hacía y que le permita gestionar mejor la situación?»

Esta diferencia es enorme.


La conducta alternativa tiene que poder utilizarse cuando realmente se necesita

Otro error frecuente es enseñar una conducta alternativa en un contexto completamente controlado y asumir que el perro podrá utilizarla inmediatamente cuando aparezca el problema real.

No funciona así.

Un perro que acaba de aprender una conducta nueva en un entorno tranquilo todavía no dispone necesariamente de ella bajo alta activación.

El aprendizaje necesita:

construcción → práctica → generalización → aumento progresivo de dificultad.

Por eso, si un perro se encuentra completamente desbordado ante otro perro, no deberíamos esperar que utilice por primera vez en ese momento una estrategia que acabamos de enseñar.

Primero necesitamos construir la conducta cuando el animal dispone de capacidad para aprender.

Después podemos aumentar progresivamente la dificultad.


Gestionar el entorno también es modificar las condiciones de aprendizaje

Antes de trabajar directamente una conducta, muchas veces necesitamos modificar las condiciones en las que aparece.

Esto puede implicar:

  • aumentar distancias;
  • reducir la intensidad del estímulo;
  • controlar la duración de la exposición;
  • elegir contextos más previsibles;
  • reducir estímulos simultáneos;
  • proporcionar vías de salida;
  • introducir pausas;
  • establecer espacios de recuperación;
  • evitar temporalmente determinadas situaciones.

Esto no significa que queramos evitar permanentemente aquello que genera dificultades.

Significa que la intensidad del estímulo debe ser compatible con la capacidad del perro para procesarlo y aprender.

La manipulación de antecedentes es, de hecho, una de las estrategias estudiadas dentro de las intervenciones basadas en función. La literatura sobre análisis funcional identifica la modificación de antecedentes, la extinción y el reforzamiento diferencial, entre otras estrategias, como componentes de las intervenciones basadas en la función de la conducta.

Por tanto:

gestionar no es necesariamente evitar.

Gestionar significa modificar las condiciones para que el perro pueda afrontar progresivamente una situación con mayores posibilidades de éxito.


Poner límites no es automáticamente castigar

Este punto merece especial atención porque existe mucha confusión terminológica alrededor de la educación canina.

En el lenguaje cotidiano, palabras como «corregir», «castigar», «poner límites», «bloquear», «impedir» o «controlar» se utilizan muchas veces como si fueran equivalentes.

Desde la ciencia del aprendizaje no lo son.

Un límite puede formar parte de la gestión del entorno.

Una barrera física puede impedir que el perro acceda a una zona.

Una distancia puede evitar que llegue a un nivel de activación que todavía no puede gestionar.

Una retirada puede permitir recuperar estabilidad.

Una correa puede utilizarse para prevenir una situación de riesgo.

Ninguna de estas intervenciones puede clasificarse automáticamente como castigo simplemente porque modifica lo que el perro puede hacer.

En análisis de conducta, el castigo se define funcionalmente: hablamos de castigo cuando una consecuencia produce una disminución de la probabilidad futura de una conducta bajo condiciones determinadas.

Esto es importante porque evita utilizar «castigo» como sinónimo de cualquier intervención que limite una conducta.

Y también nos permite plantear una cuestión más interesante:

¿Qué estamos intentando conseguir con esa intervención y qué efecto tiene realmente sobre el comportamiento futuro del perro?


Por qué la supresión de una conducta no debería ser nuestra única métrica

La investigación sobre entrenamiento canino aporta información especialmente relevante aquí.

En un estudio publicado en Applied Animal Behaviour Science, Schilder y van der Borg analizaron los efectos conductuales a corto y largo plazo del entrenamiento con collar eléctrico y observaron respuestas relacionadas con estrés y evitación durante determinadas aplicaciones.

Posteriormente, una investigación experimental comparó entrenamiento con collar electrónico con métodos basados en refuerzo para problemas de llamada. Los autores no encontraron una ventaja consistente del collar electrónico en eficacia y observaron mayores preocupaciones relacionadas con el bienestar en el grupo entrenado con este dispositivo.

Más recientemente, Vieira de Castro y colaboradores estudiaron 92 perros de compañía entrenados mediante métodos predominantemente basados en recompensas, métodos mixtos o métodos predominantemente aversivos.

Los perros del grupo con mayor proporción de métodos aversivos mostraron más conductas relacionadas con estrés durante las sesiones, más estados conductuales tensos y mayores incrementos de cortisol después del entrenamiento. Además, en una prueba de sesgo cognitivo, mostraron respuestas compatibles con un estado afectivo menos positivo.

Estos resultados son relevantes para nuestra pregunta inicial.

Porque un procedimiento puede conseguir que una conducta disminuya y, aun así, necesitamos estudiar qué ha ocurrido con el bienestar, el estado emocional y el repertorio conductual del animal.

La eficacia no debería medirse exclusivamente por:

«¿ha dejado de hacerlo?»


Lo que ocurre cuando confundimos eficacia con supresión

Imaginemos un perro que gruñe cuando alguien se aproxima.

Si nuestra única medida de éxito es que deje de gruñir, podemos considerar eficaz cualquier procedimiento que reduzca el gruñido.

Pero desde el punto de vista de la evaluación de conducta necesitamos saber mucho más.

¿El perro ahora se siente más seguro?

¿Tolera mejor la aproximación?

¿Puede comunicar que necesita distancia de otra manera?

¿Puede retirarse?

¿Busca a su guía?

¿Se mantiene funcional?

¿Ha disminuido la tensión corporal?

¿Ha aumentado su capacidad de recuperación?

¿O simplemente ha desaparecido una señal de comunicación mientras continúan presentes otras respuestas de malestar?

La investigación sobre bienestar canino nos obliga precisamente a ampliar la mirada.

No debemos evaluar únicamente lo que deja de hacer el perro.

También debemos observar cómo se encuentra mientras deja de hacerlo.


Cuando el problema cambia de forma

Existe otra posibilidad especialmente importante.

A veces una conducta deja de aparecer y otra ocupa su lugar.

Por ejemplo:

ladrido → fijación intensa

o:

tirón de correa → inmovilidad

o:

gruñido → huida

o:

conducta explosiva → bloqueo

Si solo registramos la conducta inicial, podemos interpretar la intervención como un éxito.

Pero si el objetivo era mejorar la capacidad del perro para gestionar la situación, necesitamos estudiar el repertorio completo.

Esto no significa que cualquier cambio de conducta sea una «sustitución» problemática.

Significa que la conducta debe interpretarse dentro de una secuencia, no de forma aislada.


La comunicación también forma parte del problema

Esto es especialmente importante en conductas como el gruñido.

El gruñido puede formar parte de una secuencia comunicativa que indica que el perro está incómodo, inseguro o necesita modificar la interacción.

Eliminar el gruñido sin trabajar las condiciones que generan esa respuesta puede reducir una señal observable sin resolver necesariamente la dificultad subyacente.

Por eso, ante un perro que gruñe, la pregunta profesional no debería ser simplemente:

«¿Cómo hago para que deje de gruñir?»

Deberíamos empezar por:

«¿En qué situaciones gruñe?»

«¿Qué ocurre antes?»

«¿Qué distancia existe?»

«¿Qué otros indicadores aparecen?»

«¿Qué intenta conseguir o evitar?»

«¿Qué capacidad tiene para retirarse?»

«¿Qué ocurre después?»

Esto permite construir una intervención mucho más específica.


¿Cómo sabemos si un perro realmente está mejorando?

Una modificación de conducta debería evaluarse mediante indicadores observables.

Podemos dividirlos en diferentes dimensiones.

1. Frecuencia

¿Con qué frecuencia aparece la conducta?

2. Intensidad

¿Con qué intensidad responde el perro?

3. Duración

¿Cuánto tiempo permanece la respuesta?

4. Latencia

¿Cuánto tarda en aparecer la respuesta después de detectar el estímulo?

5. Distancia funcional

¿A qué distancia puede gestionar ahora el estímulo?

6. Recuperación

¿Cuánto tiempo necesita para volver a un estado funcional?

7. Conductas alternativas

¿Qué respuestas nuevas puede utilizar?

8. Flexibilidad

¿Puede modificar su respuesta dependiendo de las condiciones?

9. Generalización

¿El cambio aparece únicamente en el contexto de entrenamiento o también en diferentes lugares, personas, perros, horarios y situaciones?

10. Estado emocional

¿Cómo se encuentra el perro mientras realiza la conducta?

Este último punto es especialmente importante.

El comportamiento observable y el estado emocional están relacionados, pero no son exactamente la misma variable.

Por eso, una evaluación rigurosa necesita observar ambos.


Generalización: cuando el perro solo «responde bien» en clase

Otro indicador fundamental de una modificación de conducta es la generalización.

Un perro puede aprender una determinada respuesta en un contexto concreto y no ser capaz de utilizarla fuera de él.

Por ejemplo:

En el campo de entrenamiento:

ve un perro → conecta con su guía → continúa caminando.

Pero en la calle:

ve un perro → aumenta la activación → fija la mirada → tira → reacciona.

¿Ha aprendido?

Sí, probablemente ha aprendido algo.

¿Está resuelto el problema?

Todavía no.

Necesitamos aumentar progresivamente la variabilidad del contexto.

Esto incluye trabajar con diferentes:

  • distancias;
  • entornos;
  • perros;
  • personas;
  • niveles de movimiento;
  • horarios;
  • superficies;
  • estímulos simultáneos;
  • y estados de activación.

La generalización no aparece automáticamente.

Hay que construirla.


El caso de Nala: cuando «ya no ladra» no es suficiente

Imaginemos una perra llamada Nala.

Cuando ve otro perro a distancia:

  • fija la mirada;
  • aumenta la tensión corporal;
  • deja de explorar;
  • intenta controlar el movimiento del otro perro;
  • tira de la correa;
  • ladra;
  • y necesita bastante tiempo para recuperar la calma.

Después de varias semanas de trabajo, sus tutores explican:

«Ya no ladra. Creemos que está solucionado.»

Durante la observación vemos, sin embargo, que:

  • continúa presentando tensión corporal;
  • mantiene la mirada fija;
  • necesita aumentar considerablemente la distancia;
  • todavía no utiliza una conducta alternativa de manera consistente;
  • y continúa necesitando mucho tiempo para recuperarse.

¿Ha habido una mejora?

Probablemente sí.

La reducción del ladrido es un cambio relevante.

Pero ¿podemos concluir que el problema está completamente resuelto?

No.

Porque todavía necesitamos entender qué ha cambiado en el resto de la secuencia.

Ahora imaginemos otra evolución.

Nala detecta otro perro.

Puede observarlo.

Puede continuar explorando.

Puede buscar información en su guía.

Puede aumentar la distancia cuando la necesita.

Puede utilizar una conducta alternativa.

No alcanza el mismo nivel de activación.

Y después del encuentro vuelve rápidamente a su actividad normal.

Aquí tenemos mucha más información.

No solo ha disminuido una conducta.

Ha aumentado la capacidad del individuo para gestionar la situación.


Modificar conducta no significa conseguir un perro que nunca responda

Este punto también es importante.

Un objetivo realista de modificación de conducta no consiste necesariamente en conseguir que un perro jamás vuelva a ladrar, gruñir, huir o reaccionar.

Los perros siguen siendo organismos que responden a su entorno.

Un perro puede tener miedo.

Puede sentirse incómodo.

Puede frustrarse.

Puede necesitar distancia.

Puede emocionarse.

Puede equivocarse.

Puede responder de manera diferente dependiendo del contexto.

La intervención profesional no debería perseguir necesariamente la ausencia absoluta de una determinada respuesta.

Debería buscar que el individuo disponga de más recursos, mayor capacidad de adaptación y mejores estrategias para gestionar las situaciones relevantes.


El objetivo no es controlar todas las respuestas del perro

Esta diferencia cambia también nuestra manera de entender la educación canina.

Si concebimos la educación como un sistema cuyo objetivo es conseguir que el perro haga o deje de hacer determinadas cosas porque resultan convenientes para nosotros, podemos terminar midiendo únicamente el grado de control que tenemos sobre su comportamiento.

Pero una educación orientada al bienestar debería plantear una pregunta adicional:

¿Qué estamos construyendo en el perro?

¿Estamos construyendo capacidad de comunicación?

¿Estamos construyendo alternativas?

¿Estamos aumentando su autonomía funcional?

¿Estamos mejorando su capacidad de recuperación?

¿Estamos modificando las condiciones que generan el problema?

¿Estamos ampliando su repertorio conductual?

¿Estamos enseñándole a gestionar mejor el entorno?

Estas preguntas son mucho más interesantes que contar únicamente cuántas veces ha ladrado.


La modificación de conducta debe partir de una evaluación

Aquí es donde la evaluación adquiere una importancia fundamental.

No podemos diseñar un buen plan de modificación de conducta únicamente a partir de una etiqueta:

«perro reactivo»

«perro agresivo»

«perro que ladra»

«perro con ansiedad»

Una etiqueta puede describir un conjunto de conductas.

Pero no explica necesariamente:

  • qué las desencadena;
  • qué función cumplen;
  • qué historia de aprendizaje existe;
  • qué factores ambientales las mantienen;
  • qué nivel de activación presenta el perro;
  • qué capacidad de recuperación tiene;
  • qué estrategias utiliza;
  • qué recursos posee;
  • ni qué necesita aprender.

Por eso, una evaluación conductual debe estudiar el individuo dentro de su contexto.

Y a partir de ahí establecer objetivos concretos y medibles.


¿Qué debería medir un profesional de la conducta canina?

Una intervención rigurosa no debería basarse únicamente en impresiones subjetivas como:

«Lo veo mejor.»

Aunque la percepción de los tutores es información valiosa, necesitamos convertir esa percepción en indicadores observables.

Por ejemplo:

Antes:

  • reacción a 20 metros;
  • recuperación de 4 minutos;
  • fijación visual intensa;
  • ninguna conducta alternativa.

Después:

  • reacción únicamente a 8 metros;
  • recuperación inferior a 1 minuto;
  • puede desconectar del estímulo;
  • utiliza una estrategia de alejamiento;
  • puede volver a explorar.

Esto permite observar la evolución con mucha más precisión.

Y también permite detectar algo muy importante:

qué aspectos están mejorando y cuáles todavía necesitan trabajo.


No buscamos simplemente que la conducta desaparezca

Cuando una conducta problemática disminuye, debemos alegrarnos del cambio.

Pero debemos evitar convertir la reducción de una respuesta en el único criterio de éxito.

Una buena modificación de conducta puede implicar:

menos intensidad + más alternativas + mejor regulación + mayor flexibilidad + menor necesidad de distancia + mejor recuperación.

Y todo esto puede ocurrir aunque el perro todavía emita alguna respuesta ocasional.

De la misma manera, un perro puede dejar completamente de realizar una conducta observable y seguir necesitando intervención.

Por eso:

La ausencia de una conducta no es sinónimo automático de bienestar.

Y tampoco:

La presencia de una conducta es sinónimo automático de fracaso.

Necesitamos comprender el contexto.


Una reflexión sobre los métodos aversivos

Este planteamiento también permite entender mejor por qué existe actualmente un debate científico importante sobre el uso de métodos aversivos en educación y modificación de conducta canina.

El objetivo no debería ser simplemente conseguir que una conducta desaparezca, independientemente de lo que ocurra durante el proceso.

Los estudios disponibles han encontrado asociaciones entre una mayor utilización de métodos aversivos y diferentes indicadores de estrés y peor bienestar en perros.

Además, estudios experimentales sobre entrenamiento con collar electrónico no han demostrado una ventaja consistente de estos métodos frente a procedimientos basados en recompensas y sí han planteado preocupaciones adicionales respecto al bienestar.

Esto no significa que podamos interpretar cualquier reducción de conducta obtenida mediante un procedimiento aversivo como «falsa».

Sería científicamente incorrecto simplificarlo así.

Lo que sí podemos afirmar es que la supresión de la conducta no constituye por sí sola una evaluación suficiente de la calidad de una intervención.

Necesitamos valorar también:

eficacia + aprendizaje + estado emocional + bienestar + generalización + estabilidad del cambio.


Entonces, ¿qué significa realmente resolver un problema de conducta?

No existe una única respuesta.

Dependerá del caso.

En algunos problemas, reducir significativamente una conducta puede ser el objetivo prioritario por razones de seguridad.

En otros, será fundamental construir nuevas respuestas.

En otros, modificar el entorno.

En otros, trabajar sobre la respuesta emocional.

Y en muchos casos necesitaremos combinar diferentes estrategias.

Pero en términos generales, podemos decir que una modificación de conducta es mucho más completa cuando no se limita a impedir una respuesta, sino que permite al perro afrontar la situación de una manera diferente y más funcional.

Eso puede significar:

  • que necesita menos distancia;
  • que puede comunicar sus necesidades de otra manera;
  • que puede abandonar una situación;
  • que dispone de una conducta alternativa;
  • que puede procesar mejor el estímulo;
  • que se recupera antes;
  • que generaliza sus aprendizajes;
  • que tiene mayor flexibilidad;
  • o que la situación que antes desencadenaba una respuesta intensa ha dejado de tener el mismo significado funcional.

La pregunta que deberíamos hacernos cuando una conducta desaparece

Volvamos entonces a la pregunta inicial:

¿Si mi perro deja de hacerlo, significa que el problema está resuelto?

No necesariamente.

Significa que una conducta observable ha cambiado.

Y ese cambio puede ser muy importante.

Pero necesitamos estudiar por qué ha cambiado, qué ha aprendido el perro, qué otras respuestas están presentes, cómo se encuentra durante la situación y qué capacidad tiene ahora para gestionar el contexto.

Porque en modificación de conducta canina no trabajamos únicamente con conductas aisladas.

Trabajamos con individuos.

Con su historia.

Con su aprendizaje.

Con su estado emocional.

Con su entorno.

Con sus capacidades.

Y con las relaciones funcionales que se establecen entre todas estas variables.

Por eso, cuando un tutor nos dice:

«Ya no lo hace.»

Nuestra siguiente pregunta debería ser:

«¿Qué hace ahora?»

Y después:

«¿Cómo está ahora?»

Porque quizá ahí es donde realmente empieza la evaluación de si hemos conseguido modificar el problema.


En Unión Canina entendemos la conducta desde esta perspectiva

En Unión Canina no entendemos la modificación de conducta como un proceso destinado simplemente a eliminar aquellas respuestas que resultan incómodas para las personas.

Nuestro trabajo parte de una evaluación individualizada de la conducta, teniendo en cuenta al perro, su historia, su entorno, sus rutinas, su estado emocional, sus capacidades y las condiciones en las que aparece la conducta.

A partir de ahí, buscamos comprender qué está ocurriendo y por qué, para establecer estrategias que permitan modificar progresivamente las condiciones que mantienen el problema y construir alternativas funcionales.

Porque un perro que deja de ladrar no necesariamente es un perro que ha dejado de tener un problema.

Y un perro que todavía responde ocasionalmente no necesariamente es un perro que no ha progresado.

La pregunta profesional es mucho más amplia:

¿Puede gestionar ahora situaciones que antes no podía gestionar?

¿Tiene más recursos?

¿Dispone de alternativas?

¿Se recupera mejor?

¿Comprende mejor su entorno?

¿Puede comunicarse de una manera más funcional?

¿Y, sobre todo, ha mejorado su capacidad para desenvolverse en su vida cotidiana?

Para nosotros, ahí está la diferencia entre controlar una conducta y modificar realmente la forma en la que un perro puede afrontar una situación.


Referencias científicas

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  • Vieira de Castro, A. C., et al. (2021). Dogs are more pessimistic if their owners use two or more aversive training methods. Scientific Reports.
  • Hanley, G. P., Iwata, B. A., & McCord, B. E. (2003). Functional analysis of problem behavior: A review. Journal of Applied Behavior Analysis.
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  • Melanson, J. I., & Fahmie, T. A. (2023). Functional analysis of problem behavior: A 40-year review. Journal of Applied Behavior Analysis.
  • Christiansen, F. O., et al. Functional analysis and treatment of problem behavior by domesticated canines. Journal of Applied Behavior Analysis.
About the author : Irma Pujol

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