Chile ha dado un nuevo paso hacia la prohibición de las carreras de galgos y de otras carreras de perros. El 18 de agosto de 2026, la Cámara de Diputadas y Diputados aprobó en general el proyecto de ley que busca prohibir estas competiciones en el territorio nacional.

La votación terminó con 80 votos a favor, 41 en contra y 7 abstenciones. Además, la Cámara rechazó la propuesta alternativa que planteaba regular las carreras en lugar de prohibirlas, con 68 votos en contra, 50 a favor y 10 abstenciones.

Es importante señalar que esta votación no supone, a día de hoy, todavía la prohibición definitiva de las carreras de galgos en Chile. El proyecto continúa ahora su recorrido legislativo y deberá superar las siguientes etapas antes de convertirse, eventualmente, en ley.

Pero más allá de la dimensión política y legislativa, esta noticia plantea una cuestión especialmente interesante desde la etología canina:

¿Qué significa realmente que una raza haya sido seleccionada durante generaciones para realizar una determinada función?

Y, sobre todo:

¿Tener una determinada capacidad funcional significa necesariamente que debamos utilizarla en un contexto competitivo?

El galgo no es simplemente un perro rápido

Cuando hablamos de galgos solemos hacerlo desde una perspectiva muy simplificada: son perros rápidos, ágiles y visuales.

Pero desde la etología, esta descripción resulta insuficiente.

Los lebreles son perros seleccionados históricamente para la detección visual, persecución y captura de presas mediante velocidad y maniobrabilidad. Su morfología, fisiología y comportamiento están relacionados con este tipo de trabajo.

La selección artificial no actúa únicamente sobre el aspecto físico de los animales. Durante generaciones, los seres humanos han seleccionado individuos que mostraban determinadas capacidades funcionales, y esto ha contribuido a establecer diferencias conductuales entre poblaciones y razas.

La investigación científica actual respalda que existen diferencias heredables entre razas en distintos rasgos de comportamiento. En un estudio realizado sobre más de 14.000 perros pertenecientes a 101 razas, la conducta de persecución presentó una elevada heredabilidad a nivel de raza, estimada en torno al 0,62 (62%).

Esto no significa que exista un «gen de la persecución» ni que todos los individuos de una raza tengan exactamente el mismo comportamiento.

El comportamiento es un fenotipo complejo en el que intervienen genética, desarrollo, aprendizaje, experiencia, ambiente y características individuales.

Pero sí significa que la selección funcional puede dejar una huella importante en la conducta.

La funcionalidad de una raza: mucho más que una etiqueta

En etología aplicada al perro resulta especialmente interesante estudiar lo que podríamos denominar repertorios motores funcionales.

La conducta predatoria, por ejemplo, puede describirse como una secuencia de componentes que incluyen orientación, atención visual, acecho, persecución, captura y otras fases posteriores.

La domesticación y la selección humana han modificado esta secuencia en diferentes tipos de perros.

En los perros de pastor, por ejemplo, algunos componentes de la secuencia predatoria han sido potenciados mientras otros han sido inhibidos. En los perros de guarda de ganado ocurre algo diferente: una fuerte inhibición de determinadas respuestas predatorias resulta funcional para poder convivir con el ganado sin perseguirlo o atacarlo.

Los lebreles representan otro tipo de especialización.

En ellos, determinados componentes relacionados con la orientación visual, la persecución y la captura han adquirido una especial relevancia funcional. De hecho, investigaciones sobre conducta predatoria en galgos describen precisamente una fuerte especialización hacia la persecución de estímulos visuales en movimiento.

Esto nos permite entender algo importante:

Las razas no son únicamente conjuntos de características morfológicas. También son poblaciones moldeadas por diferentes historias de selección funcional.

De la caza a la competición

Aquí aparece una cuestión histórica interesante.

Los antepasados y tipos de lebrel utilizados para la caza no fueron seleccionados originalmente para correr detrás de una liebre artificial en una pista.

La función histórica estaba relacionada con la detección y persecución de presas reales en espacios abiertos, utilizando principalmente la visión y la velocidad.

Con el tiempo, determinadas actividades humanas transformaron esa funcionalidad en diferentes modalidades deportivas.

El coursing con galgos, por ejemplo, convirtió la persecución en una actividad competitiva. Posteriormente, durante los siglos XIX y XX, aparecieron sistemas de competición cada vez más estructurados.

En Gran Bretaña, la organización del coursing experimentó una importante institucionalización durante el siglo XIX, incluyendo la creación del National Coursing Club en 1858. Posteriormente se desarrollaron modalidades de carreras en pistas y, ya en el siglo XX, las carreras modernas con señuelo mecánico se extendieron internacionalmente.

Este proceso es importante porque muestra que debemos distinguir entre:

la función para la que se seleccionó una población canina y la utilización contemporánea de esa función.

No son necesariamente la misma cosa.

Perseguir no significa necesariamente necesitar competir

Este es probablemente uno de los puntos más importantes desde una perspectiva etológica.

Que un perro tenga una elevada predisposición hacia determinada conducta no implica que necesite desarrollar esa conducta exactamente en el contexto para el que fue seleccionada originalmente.

Un perro pastor puede mostrar una fuerte tendencia a controlar el movimiento sin necesidad de trabajar con un rebaño.

Un retriever puede disfrutar recuperando objetos sin necesidad de participar en una actividad cinegética.

Un perro de rastro puede utilizar su sistema olfativo en actividades de búsqueda y discriminación sin necesidad de localizar animales.

Y un galgo puede expresar parte de sus repertorios motores relacionados con la persecución sin necesidad de participar en carreras competitivas.

Aquí resulta fundamental diferenciar entre necesidad conductual, motivación y actividad concreta.

Una motivación o predisposición puede canalizarse mediante diferentes contextos.

El bienestar no consiste simplemente en permitir que el animal «haga aquello para lo que fue criado», sino en proporcionar un entorno en el que pueda desarrollar conductas relevantes, ejercer cierto grado de control sobre su entorno y mantener un estado físico y emocional compatible con una buena calidad de vida.

La ciencia también obliga a mirar los costes

El debate sobre las carreras de galgos no puede quedarse únicamente en la pregunta de si correr es una conducta natural para estos perros.

La cuestión relevante desde el bienestar animal es otra:

¿Qué costes físicos, fisiológicos, conductuales y ambientales tiene el contexto en el que estamos provocando esa conducta?

Las carreras de galgos implican velocidades elevadas, aceleraciones, cambios bruscos de trayectoria, curvas, interacción competitiva entre animales y repetición de esfuerzos de alta intensidad.

Y esto tiene consecuencias medibles.

La literatura científica ha documentado lesiones musculoesqueléticas, fracturas, laceraciones y lesiones de tejidos blandos asociadas a las carreras. Un estudio realizado con datos de carreras en Nueva Zelanda entre 2014 y 2020 identificó diferentes factores relacionados con el riesgo de lesiones, incluyendo fracturas y lesiones de tejidos blandos.

Otro análisis de datos de Australia examinó seis años de información procedente de organismos reguladores de las carreras y puso de manifiesto la existencia de problemas de morbilidad y mortalidad asociados al entrenamiento y la competición, aunque también señaló limitaciones importantes en la disponibilidad y calidad de los datos de seguimiento durante toda la vida de los animales.

Más recientemente, un estudio publicado en 2026 ha analizado la recuperación de los galgos después de las carreras y señala que intervalos demasiado cortos entre competiciones pueden comprometer la recuperación, especialmente cuando existen lesiones subclínicas.

Por tanto, el debate científico no debería formularse como:

«¿Los galgos disfrutan corriendo?»

Una pregunta mucho más completa sería:

¿El sistema completo de entrenamiento, alojamiento, transporte, competición, recuperación, selección y retirada resulta compatible con un buen nivel de bienestar durante toda la vida del animal?

Esta diferencia es fundamental.

El comportamiento no puede separarse del contexto

Una misma conducta puede tener significados funcionales muy diferentes dependiendo del contexto.

Correr libremente detrás de un estímulo durante unos segundos no es equivalente a participar regularmente en una competición de alta intensidad.

Perseguir un juguete en un entorno controlado no es equivalente a perseguir un señuelo en una pista.

Realizar una actividad voluntariamente tampoco es exactamente lo mismo que encontrarse dentro de un sistema en el que el rendimiento determina el valor deportivo o económico del individuo.

Por eso, desde la evaluación del bienestar animal no basta con observar una conducta aislada.

Debemos analizar:

  • qué motivación está implicada;
  • qué control tiene el animal sobre la situación;
  • qué consecuencias tiene la actividad;
  • qué nivel de riesgo físico supone;
  • cuánto tiempo permanece expuesto;
  • cómo se recupera;
  • qué condiciones de alojamiento y manejo existen;
  • qué ocurre cuando deja de ser funcional para el sistema;
  • y qué alternativas tiene el individuo.

Esta visión es mucho más cercana a la ciencia actual del bienestar animal que la simple idea de que una conducta es «natural» y, por tanto, automáticamente beneficiosa.

Natural no significa necesariamente bienestar

Este concepto merece una explicación específica.

En ocasiones se utiliza el argumento:

«Los galgos están hechos para correr, por lo tanto correr es bueno para ellos.»

El razonamiento parece lógico, pero es incompleto.

La selección funcional puede aumentar una capacidad. No determina automáticamente que cualquier contexto en el que utilicemos esa capacidad sea beneficioso.

Un caballo seleccionado para el rendimiento deportivo tiene capacidad para realizar esfuerzos intensos. Eso no significa que cualquier régimen de entrenamiento sea adecuado.

Un perro pastor puede presentar una enorme motivación por controlar movimiento. Eso no significa que cualquier situación de persecución sea apropiada.

Del mismo modo, un galgo puede tener una extraordinaria capacidad para correr y perseguir estímulos visuales sin que ello convierta automáticamente una carrera competitiva en una actividad beneficiosa.

La capacidad no equivale a necesidad.

Y la predisposición funcional tampoco equivale a bienestar.

¿Qué ocurre con el bienestar psicológico?

La evaluación del bienestar animal tampoco debería limitarse a lesiones y mortalidad.

El bienestar moderno se estudia desde una perspectiva multidimensional que incluye estados afectivos, oportunidades conductuales, interacción con el ambiente y capacidad del animal para ejercer cierto control sobre su entorno.

El llamado modelo de los Cinco Dominios es uno de los marcos utilizados actualmente para analizar el bienestar: nutrición, ambiente físico, salud, interacciones conductuales y estado mental.

En el caso de los galgos destinados a carreras, esto obliga a analizar no solo el momento de la competición, sino todo el sistema que la rodea.

Los períodos de entrenamiento, alojamiento, transporte y espera pueden representar una parte considerablemente mayor de la vida cotidiana del animal que los propios segundos de carrera. Un análisis específico del bienestar de galgos de carreras ha señalado precisamente la importancia de proporcionar oportunidades de ejercicio de la agencia y de interacción positiva con el entorno durante el tiempo que no están compitiendo.

Esto nos lleva a una idea esencial:

El bienestar de un animal no puede evaluarse únicamente durante los pocos segundos en los que realiza la conducta para la que ha sido seleccionado.

Hay que analizar la vida completa.

La selección también tiene una cara menos evidente

Existe además otro aspecto que merece atención: la selección basada en rendimiento.

Cuando una población se reproduce de manera intensa buscando determinados resultados —velocidad, capacidad de persecución, rendimiento deportivo, conformación o cualquier otra característica— la selección puede modificar progresivamente la población.

En los perros sabemos que la selección artificial ha producido una extraordinaria diversidad morfológica y conductual. Estudios de genética del comportamiento han encontrado diferencias heredables entre razas en numerosos rasgos conductuales.

Pero también debemos evitar caer en el extremo contrario.

No existe un comportamiento «de raza» completamente rígido.

La raza aporta predisposiciones y probabilidades; no determina de manera absoluta la conducta de un individuo.

Un estudio genético publicado en Science con más de 18.000 cuestionarios de propietarios y más de 2.000 genomas encontró que la raza explicaba una proporción relativamente pequeña de la variación conductual individual, alrededor del 9 %.

Esto es especialmente importante cuando hablamos de galgos.

No todos los galgos quieren perseguir, no todos disfrutan corriendo y no todos presentan la misma motivación predatoria.

La funcionalidad de una raza debe servirnos para formular hipótesis sobre el individuo, no para sustituir la observación del individuo.

¿Entonces debemos proporcionar actividades relacionadas con su funcionalidad?

Sí, pero la pregunta correcta vuelve a ser cómo.

Comprender la funcionalidad de una raza puede ayudarnos enormemente a diseñar mejores actividades de enriquecimiento y educación.

En un galgo podemos encontrar interés por el movimiento, exploración visual, carrera, persecución y determinadas formas de interacción con el entorno.

Pero podemos ofrecer oportunidades para expresar estos repertorios de muchas maneras diferentes y, sobre todo, adaptándolas al individuo.

La actividad puede diseñarse teniendo en cuenta:

motivación → conducta → intensidad → duración → contexto → recuperación → bienestar.

No se trata de eliminar la funcionalidad de los perros.

Se trata de integrarla de forma responsable.

Lo que ocurre en Chile es también un debate sobre cómo entendemos a los perros

Por eso consideramos que el debate abierto en Chile tras la aprobación de este proyecto va mucho más allá de las carreras de galgos.

Nos obliga a reflexionar sobre una cuestión mucho más amplia:

¿Para qué utilizamos el conocimiento que tenemos sobre las razas?

Conocer que un perro fue seleccionado para perseguir debería permitirnos comprender mejor su conducta.

Conocer que otro fue seleccionado para controlar movimiento debería ayudarnos a interpretar mejor determinadas respuestas.

Conocer que otro fue seleccionado para trabajar de manera autónoma debería modificar nuestras expectativas sobre obediencia y cooperación.

Pero conocer la funcionalidad de una raza no debería convertirse en una justificación automática para exigirle que desempeñe esa función.

Al contrario.

Cuanto mejor conocemos la historia funcional de un perro, más responsabilidad tenemos a la hora de decidir cómo utilizar ese conocimiento.

Galgos: comprender la funcionalidad sin convertirla en obligación

En Unión Canina defendemos una educación basada en la comprensión del individuo y de su historia filogenética y funcional.

Esto significa que no entendemos las razas como simples etiquetas.

Un perro es el resultado de la interacción entre:

genética + selección + desarrollo + aprendizaje + ambiente + experiencias + individuo.

La funcionalidad de una raza es una pieza fundamental del puzzle, pero no es el puzzle completo.

Por eso, conocer que el galgo ha sido seleccionado durante generaciones para determinadas capacidades relacionadas con la persecución visual y la velocidad no debería llevarnos automáticamente a pensar:

«Entonces necesita correr carreras.»

Debería llevarnos a preguntar:

¿Qué conductas motivan a este individuo?

¿Qué actividades le permiten expresarlas sin comprometer su bienestar?

¿Qué nivel de intensidad necesita?

¿Qué capacidad tiene para regularse y recuperarse?

¿Qué alternativas podemos ofrecerle?

Y, finalmente:

¿Qué tipo de vida queremos proporcionar a un animal que depende de nosotros?

¿Qué supone ahora la votación en Chile?

El resultado del 18 de agosto representa un avance legislativo importante, pero todavía no constituye una prohibición definitiva.

El proyecto contempla la prohibición de las carreras de perros, independientemente de la raza, y establece medidas relacionadas con las sanciones y con el rescate y reubicación de los animales utilizados en estas actividades. La iniciativa había sido trabajada previamente en la Comisión de Medio Ambiente y Recursos Naturales de la Cámara.

Por tanto, será necesario seguir su tramitación para conocer cuál será finalmente el texto aprobado y si llegará a convertirse en ley.

La cuestión, además, no termina con una eventual prohibición.

Si una legislación cambia el marco legal, también aparece otro desafío fundamental:

¿Qué ocurre con los animales que ya forman parte de la industria?

El bienestar de los galgos retirados, su identificación, atención veterinaria, adaptación a nuevos entornos, socialización y adopción responsable son cuestiones que merecen tanta atención como la propia prohibición.

Un cambio legislativo eficaz debería ir acompañado de estrategias de transición y protección para los animales afectados.

Una reflexión que va más allá de las carreras

La discusión sobre los galgos nos permite plantear una cuestión que deberíamos aplicar a todas las razas y a todas las actividades caninas.

Durante décadas hemos utilizado la funcionalidad como una manera de explicar qué puede hacer un perro.

Quizá ahora deberíamos utilizarla también para preguntarnos:

¿Qué necesita este perro?

Y existe una diferencia enorme entre ambas preguntas.

Un perro no es una herramienta diseñada para ejecutar indefinidamente aquello para lo que sus antepasados fueron seleccionados.

Es un individuo con capacidades, motivaciones, preferencias, limitaciones, experiencias y necesidades propias.

Conocer la funcionalidad de una raza debería permitirnos comprender mejor al individuo, ajustar nuestras expectativas y diseñar entornos más adecuados.

No simplemente exigirle más.

Chile abre un debate que también nos interpela

La votación de la Cámara de Diputadas y Diputados de Chile no supone todavía el final del proceso legislativo, pero sí representa un paso relevante en el debate sobre las carreras de galgos y el bienestar de los perros utilizados en estas actividades.

Desde la etología, quizá la reflexión más interesante no sea únicamente si debemos prohibir o regular una determinada actividad.

También deberíamos preguntarnos qué hacemos con el conocimiento que tenemos sobre la conducta y la funcionalidad de los perros.

Porque conocer que un galgo puede correr a gran velocidad no nos dice automáticamente cómo debemos utilizar esa capacidad.

Nos dice que debemos comprenderla.

Y comprenderla implica estudiar su origen, su función, su motivación, sus costes y sus consecuencias sobre el individuo.

La funcionalidad de una raza debería ayudarnos a conocer mejor al perro, no a convertirlo en una herramienta para cumplir una función.


En Unión Canina

En Unión Canina entendemos la educación canina desde una perspectiva etológica y funcional, teniendo en cuenta las características individuales de cada perro, su historia, su repertorio conductual y el contexto en el que vive.

Porque conocer las diferencias entre razas no significa encasillar a los perros.

Significa disponer de más información para comprenderlos, adaptar nuestras expectativas y construir una convivencia más adecuada a sus necesidades reales.

¿Crees que conocer mejor la funcionalidad de una raza debería cambiar también la manera en la que planteamos las actividades que hacemos con nuestros perros?

About the author : Irma Pujol

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